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La Joya, yet again in the spot light, Colombians now go on a hunger strike in La Joya as Panama.....

Updated: Sep 15, 2019

fails to repatriate inmates back to their mother land. After you have been sentenced the state should repatriate you back to your country to serve your time, this should take no longer than six months after you receive your sentence. In most cases the inmates serve all their time in Panama because of the repatriation process is so slow. The longer inmates stay away from family and loved ones it is more likely that the family unit will break down, with devastating effects foe all.

Jamaican inmates have to stay away from their family for the duration of their sentence, which could be up to 25 years as Panama does not have a repatriation program, many countries besides Jamaica are also under this same umbrella. Panama says it believes in human rights, this being the case arrange for inmates to be repatriated to be closer to their family’s,. A right to family is also a human right Mr President.


La voz de Gustavo Rojas* —preso en la cárcel La Joya de Panamá desde hace cuatro años y medio— se va y se viene inestable por la señal, una entelequia enredada en las ondas electromagnéticas. Le digo que le devuelvo la llamada y dice no porque desde allá la señal solo sale y no entra. Explica que son 600 presos, 300 en huelga de hambre desde hace once días, y de ellos más de 200 que piden y tienen todo para la repatriación, pero no. Explica y queda el silencio.

El asunto es este: en la cárcel La Joya, donde dicen que hay un hacinamiento del 130 por ciento, donde hay hasta once personas durmiendo en una celda de 18 metros cuadrados, hay 300 colombianos presos por narcotráfico, 200, dicen ellos, ya tienen todo para que los repatríen —todo es la mitad de la condena cumplida—, y estarán en huelga de hambre hasta que el Gobierno colombiano decida trasladarlos.

No es como en esas cárceles espaciosas del primer mundo que salen en las películas de Hollywood donde los presos se revuelven en el tedio, y es tanto que escriben libros enormes, o se leen enciclopedias completas, porque aún el suicidio se les escapa. En La Joya se ocupan de sobrevivir y de buscar espacio para dormir. Cuentan desde allá —la voz entrecortada por la señal—, que la comisión médica solo llega cada quince días y alcanza a atender a diez o quince presos por patio, no más; y mandan medicamentos que solo se consiguen en la calle, y como los reos colombianos están lejos de todo, no tienen quién los compre; el resto de los enfermos se revuelca. Lo de buscar dónde dormir es literal, hay presos que, sin lugar, se llevaron la cama y las cobijas para el cielo raso. En La Joya solo se puede sobrevivir.

Sobrevivir, lo que no pudo John Jairo Díaz —38 años, nacido en La Viriginia, Risaralda, padre de dos hijos: una adolescente de 16 años y un niño de un año—, al que le empezó un cólico en noviembre que era como un jab en el hígado. Las veces que alcanzó turno médico le dijeron tranquilo que son solo parásitos, quizá agua mala, un alimento contaminado. Yericka Lizeth Chávez, su esposa, panameña, trataba de verlo, de llevarle medicamentos, pero no pudo, hasta que el cinco de febrero lo evacuaron. Cuando lo vieron era un jirón amarillo, flaco, que ya solo vomitaba un líquido amarillo, agua.

Desde el hospital le enviaron a Sandra Patricia Díaz Rengifo, la hermana menor que vive en Buga, Valle del Cauca, una foto de John, lo vio con una mirada triste, perdida, los ojos sin rumbo. Su última foto, dice por teléfono y entonces calla unos segundos.

Hay un video en el que está John Jairo arrodillado en su camarote de cemento, la cabeza entre las manos. Acurrucado, se mueve levemente hacia adelante, como para evitar el dolor. En el piso, otros reos duermen en posición fetal. Se escucha lo que parece un ventilador. Un hombre sin camiseta, montado en otro camarote se enfoca y explica con voz lenta: "Es algo normal que nos topamos acá. Sabemos que está enfermo, todos los de la celda, pero no lo sacan, ¿qué más hacemos, pues? Estamos presos, no tenemos derecho a nada, nos dicen ellos".

—No nos han dicho nada del Gobierno, no sabemos oficialmente por qué murió John Jairo, lo que sabemos es lo que nos dijo la cuñada. Él se puso muy malo, lo que comía lo vomitaba, mi cuñada pedía una atención para él y ni le dejaban entrar nada, a ella no la dejaban ni arrimar. Ya cuando lo vieron tan mal lo llevaron a un hospital, se decía que eran parásitos, después se dijo que hepatitis, y a lo último se dijo que no le llegaba sangre al hígado. Ayer hizo ocho días que lo entregaron del hospital, y casi que no lo entregan de la funeraria que porque tenía que firmar Raymundo y todo el mundo —cuenta Sandra Patricia desde Buga, todavía con la duda de la muerte de su hermano, reclamando por qué todos sabían que estaba grave menos las autoridades carcelarias y que, si hubiera estado en Colombia, por lo menos se le habrían dado los medicamentos.

John Jairo murió el sábado 15 de febrero, diez días después de que lo sacaron de La Joya, cuatro meses después de que le empezaron los dolores. Según las cuentas de los últimos cinco años que hacen los presos, es el décimo colombiano que muere por razones de salud, aunque aclaran que uno de ellos murió de un infarto fulminante.

Hace un par de años ya, el diario El País, de Cali, publicó una crónica de Jorge Enrique Rojas que titularon "Una visita a la sucursal del infierno", allí, el periodista dice que en La Joya hay hombres que por cólicos, con el único fin de que les calmen el dolor en el hospital, se infligen heridas profundas que terminan en profusas hemorragias.

El cronista cuenta de un hombre con 27 cicatrices en un brazo, resultado de las cortadas que se hizo con latas de atún y cepillos que afiló con paciencia en el piso, y eso solo para que le atendieran infecciones varias: en el estómago, en la nariz, en los oídos. "Hace tres meses, cuenta, forzado por el vómito y un dolor de estómago de dos semanas, derritió seis botellas plásticas de Coca-Cola y se quemó el otro brazo: en la clínica lo operaron de peritonitis, le dijeron que se estaba pudriendo por dentro. El muchacho exhibe su llaga como si se tratara de una suerte de trofeo. Ahora su piel es morada, rugosa, remendada, es el diario de su tragedia en la cárcel".

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Gustavo Rojas, que es uno de los siete representantes de la protesta, que hacen de voz de los casi 600 reos colombianos, dice que han enviado cartas al consulado colombiano pero solo han tenido la visita de una funcionaria panameña que no puede hacer mucho, que les ayuda en lo diario pero no con la repatriación, que es lo que finalmente les interesa.

En Colombia es difícil hablar con la Cancillería, así que para preguntar por este tema nos pidieron que se les enviara un correo con las dudas. Se les escribió el miércoles 26 de febrero con la promesa de una respuesta pronta, se les preguntó: "¿Qué impide la repatriación de los presos? ¿Cuáles son los requerimientos para que se haga el proceso? Dicen los presos que el consulado colombiano no los atiende, ¿qué saben de esto? ¿Velan porque los presos tengan atención acorde a los derechos humanos? En los últimos cuatro años han muerto diez personas, todas por razones de salud, ¿qué saben de estos casos?". Hasta el cierre de esta edición no hubo respuesta.

El 27 de febrero, la Defensoría del Pueblo de Panamá hizo una visita para conocer el estado de los presos y cómo avanzaba la huelga de hambre. Carlos Singer, director de relaciones públicas de la Defensoría del Pueblo de Panamá, asegura que están haciendo una investigación y abriendo un expediente sobre este tema.

—Ellos están haciendo una serie de solicitudes y por supuesto que tienen un estatus en el país y que esa solicitud depende de ese estatus legal en el que se encuentran. Cada caso es diferente, eso es lo que se está haciendo. Obviamente, la Defensoría del Pueblo va a rendir un informe sobre este tema.

Carlos Singer dice que no conoce cuál es la cifra de hacinamiento en La Joya, y que las condiciones son como en "las cárceles de todo el mundo". En una investigación que publicó el diario nicaragüense el Nuevo Diario sobre la población en los penales de Centroamérica, precisan que la capacidad de las cárceles en Panamá es para 7.342 personas, y contaban con 14.990 reos para julio del año pasado.

El defensor del Pueblo en Colombia, Jorge Armando Otálora, ya está enterado del problema y afirma que está esperando el informe escrito por parte de las autoridades panameñas, el cual compartirá con los familiares de los presos y las autoridades. Mientras tanto, dice que la repatriación es fácil si se dan las condiciones, pero que el hacinamiento en Colombia, que sobrepasa el 60 por ciento, no les da muchas esperanzas a los que están en La Joya.

Gustavo Rojas dice desde Panamá que en la huelga de hambre están 300 presos de los pabellones seis y ocho. Sin embargo, Jorge Armando Otálora dice que según le informó un funcionario del consulado —luego de unas cartas pidiendo claridad en el tema—, en la huelga de hambre solo permanecen 15 colombianos "que alegan que no tienen acceso a la salud y que piden que se active el acuerdo bilateral que hay para la repatriación".

En uno de los videos que envían desde La Joya, contando rápidamente, se observan 34 personas con cintas en la boca pidiendo que en Colombia no se olviden de ellos, que son más que 15.

Según el "Tratado sobre traslado de personas condenadas entre el Gobierno de la República de Colombia y el Gobierno de la República de Panamá", cualquiera de los dos estados tendrá la facultad de aceptar o rechazar la solicitud de repatriación. Además, se precisa que se deben cumplir normas: "Que la persona no esté condenada por un delito político o militar. Que exista sentencia condenatoria y no haya otros procesos pendientes en el Estado Trasladante. Que por lo menos la mitad de la pena impuesta ya se haya cumplido, o que la persona condenada se encuentre en grave estado de salud comprobada".

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Ecdomar de Jesús Cardona Santa lidera la protesta y por un chat de Whatsapp pide que ponga su número de cédula (70.784.416). Fue condenado en 2009 a ochenta meses de prisión por cargar unas libras de cocaína. Cumplió recién cuarenta y ocho semanas, y pese a los esfuerzos por la repatriación, todo se ha hecho humo. Desde antes sufría de los ojos, una miopía que ha avanzado, ahora casi no ve y los médicos no lo atienden.

Del desespero, Ecdomar le escribió una carta al ministro de Justicía, Alfonso Gómez, pero dice que no ha recibido respuesta. Lo que sí recibió fue la notificación de que, pese a que cumple con el requisito principal para la repatriación, no lo trasladarán a Colombia.

Jeison David Cardona Valencia —21 años—, hijo único de Ecdomar, hace cuatro años que no ve a su papá, y desde ese momento se puso al frente del bar, sustento de la familia, que dejó su padre por tratar de cruzar el Pacífico con unas libras. Jeison tiene varias preguntas: ¿por qué su padre, si ya cumple los requisitos, no lo repatrían? ¿Por qué la excusa es el hacimiento en Colombia cuando en La Joya es peor? ¿Será que Ecdomar se va a enfermar, como aquellos días cuando lo que les dieron de comida fue una amasijo podrido al que solo le faltaban los gusanos? Jeison se pregunta, también por teléfono, desde una casa en el centro de Pereira, pero nadie le responde.

Como si Gómez no la conociera, de su puño y letra, Ecdomar le escribio una carta contándole que le negaron la solicitud, le cita el artículo 7 de una ley que no se alcanza a ver en la foto que envía de la carta. Debajo de la foto, en el chat, escribe: "No sé si los derechos humanos nos puede ayudar, pero esto acá es muy duro. Ya no sé a quién acudir".

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En 1989, cuando tenía 16 años, Gustavo se fue a vivir a España, por años manejó un camión, vivió lo que muchos inmigrante en tierras ajenas: la bonanza de un país que caminaba holgado por la modernidad, mientras en Colombia las bombas estallaban, las guerrillas se tomaban pueblos, secuestraban, extorsionaban y los paramilitares descuartizaban. Pero en 2008, con la gran crisis de la que España aún no se levanta, Gustavo perdió el trabajo y ganó deudas; y luego su esposa, Stella, también fue despedida.

—Vivíamos en una casa de alquiler y teníamos que pagar facturas al final del mes, y como no había plata para pagar el alquiler nos deshauciaron y nos tocó meternos en una pieza donde una amiga.

Hasta que un día, de repente, le ofrecieron un viaje: tres kilos de coca, unas bolsas con doble fondo, escala en Panamá, el paquete en Colombia. No había problema hombre, todo estaba comprado —la seguridad, los policías, las aduanas—. Gustavo pensó en las deudas con los bancos, en montar un negocio.

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Dieciséis días ajustan en La Joya sin comer. Luego de que se cae la llamada, Gustavo envía unos cuantos mensajes, dice que prefieren aguantar hambre y morir para que de esa manera, por lo menos, los envíen en un ataúd para Colombia. Después cuenta que la comida que les dan es horrible y que se la tienen que comer en el lugar donde orinan y defecan.

Volvemos a hablar y la señal es peor, su voz se pierde por espasmos. Cuelga y envía un mensaje más: "Si no contesto es porque no hay señal y toca esperar a que venga aleatoriamente, porque estamos fregados desde que cogieron a esos coreanos con ese barco con misiles y un avión de guerra que iban de Cuba para Corea del Norte. Nos metieron aquí al capitán y a parte de la tripulación. Dicen que la CIA puso antenas bloqueadoras para impedir la comunicación".

Todo eso explica Gustavo y se queda allá, solo, con su hambre y su fe en Cristo. Finalmente escribe: "Dios lo bendiga".

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